La transformación del trabajo por la inteligencia artificial ya está en marcha, aunque no haya llegado la superinteligencia descrita en la ficción. Esa es la tesis de Ricardo Blanco en “Prometheus nunca llegó”, una columna publicada el 5 de noviembre de 2026 que contrasta las predicciones de Max Tegmark con cambios recientes en el empleo y la industria tecnológica.
El texto retoma la historia de Prometheus, una inteligencia artificial imaginada en el libro Life 3.0, de 2017, que conquista mercados y sectores creativos. Blanco sostiene que esa máquina no apareció, pero que varios escenarios de la fábula —desde el trabajo digital hasta la producción audiovisual— ya forman parte del debate público.
El impacto en el empleo y los ingresos
La columna pone el foco en las ocupaciones expuestas a la automatización y en la distribución de los beneficios de la tecnología. Como contexto, el AI Index 2026 de Stanford reporta que el empleo de desarrolladores de software de entre 22 y 25 años en Estados Unidos cayó casi 20% desde 2024; el dato describe una tendencia laboral, no prueba por sí mismo que la inteligencia artificial sea su única causa.
Para México, Blanco señala la importancia del trabajo independiente y de quienes ofrecen servicios por encargo, como programación, redacción y traducción. La ENOE registró 13 millones 403 mil 468 personas trabajadoras por cuenta propia en septiembre de 2026, equivalentes a 22.3% de la población ocupada; la encuesta no identifica cuántas realizan tareas de tipo cognitivo.
El autor también compara el momento actual con la expansión de la subcontratación tecnológica en India durante la preparación para el cambio de milenio. En su lectura, parte del trabajo que antes se delegaba a programadores ahora incluye revisar o auditar resultados producidos por sistemas de inteligencia artificial.
De la predicción a los cambios concretos
Blanco repasa además el uso de herramientas generativas en la industria audiovisual, el debate internacional sobre armas autónomas y los esfuerzos por reducir conductas engañosas en modelos de IA. Con esos ejemplos, distingue entre la llegada hipotética de una inteligencia superior y los cambios que ya afectan a empresas, trabajadores y mercados.
La conclusión de la columna es que Tegmark anticipó algunos escenarios, pero no necesariamente el mecanismo: para que el trabajo y la economía empezaran a cambiar, no hizo falta que una máquina tomara el poder. El desafío inmediato, plantea Blanco, es entender quiénes realizan ese trabajo, cómo cambia su valor y quién obtiene los beneficios.






