En Papalotla, Chiautla, Tepetlaoxtoc y Chiconcuac, Estado de México, varias familias mantienen la elaboración artesanal de pan de muerto como una tradición que se transmite entre generaciones y que, con el tiempo, también se convirtió en una fuente de ingresos durante la temporada de Fieles Difuntos.
El trabajo reúne a adultos mayores, jóvenes y niños alrededor de hornos, harina, manteca, huevos, levadura, anís y canela. Además de preservar una costumbre regional, la producción permite atender pedidos de vecinos, conocidos y familiares.
Una tradición vinculada con Papalotla
En Papalotla, el promotor cultural Juan Miranda Alvarado recuerda que en la época prehispánica existían panes elaborados con amaranto y miel, algunos con forma de mariposa. Esas figuras se utilizaban como ofrenda a una diosa relacionada con las mujeres fallecidas durante el parto, una referencia que también se vincula con el significado del nombre del municipio.
Desde hace aproximadamente una década, talleres de Chiautla, Papalotla y Tepetlaoxtoc enseñan la elaboración artesanal del pan de muerto. El maestro panadero Juan Mauricio Montaño Sánchez participa en esta labor al reunir a personas de distintas edades para compartir técnicas y conocimientos.
Para Ernestina Landón, una de las participantes, estos espacios permiten recuperar prácticas que forman parte de la identidad de las comunidades. La elaboración colectiva fortalece el aprendizaje y mantiene vigente una tradición que se prepara especialmente durante octubre y noviembre.
Del consumo familiar a la producción por encargo
En el municipio de Chiconcuac, la familia Gómez González enciende cada 20 de octubre el horno de leña de su vivienda para comenzar la preparación de los llamados “conejos”, piezas que forman parte de las ofrendas de muertos.
Laura, José Luis y Emiliano participan en las distintas etapas del proceso. La familia recuerda que al inicio elaboraba el pan únicamente para consumo propio, pero la demanda de la comunidad convirtió esa actividad en un negocio tradicional.
Durante la temporada de Fieles Difuntos producen un promedio de 10 mil piezas, principalmente bajo pedido. La elaboración conserva métodos manuales y reúne a los integrantes de la familia en torno a una actividad que combina trabajo, convivencia y memoria.
“El primer año que hicimos pan hicimos nueve arrobas y todo fue batido a mano; entonces, sí es pesadito, pero igual está reunida la familia, pues es una satisfacción muy grande”.
La producción artesanal de estas familias muestra cómo una práctica relacionada con las ofrendas de Día de Muertos puede mantenerse vigente y, al mismo tiempo, adaptarse a las necesidades económicas de las comunidades del oriente del Estado de México.






